Lavagna renunció al INDEC porque el gobierno no quiere difundir la inflación real
03 de febrero de 2026
La sorpresiva salida de Marco Lavagna de la presidencia del INDEC expone una vez más cómo el Gobierno de Javier Milei prioriza el relato sobre la verdad estadística. La orden de no difundir un índice de inflación más fiel a la realidad porque “no conviene” revela una disputa peligrosa entre técnicos y poder político que pone en jaque la credibilidad de las estadísticas oficiales en un país que históricamente las ha necesitado transparentes.
El ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, afirmó que no era necesario publicar el nuevo IPC ahora, y que se mantendría el antiguo cálculo hasta que la “desinflación” esté totalmente consolidada. Es decir: publicar datos solo cuando convienen al relato oficial.
¿Técnicos o operadores políticos?
Según fuentes cercanas, Lavagna había anunciado que el Indec ya estaba técnicamente preparado para publicar la nueva medición, que ajusta ponderadores y canasta para reflejar mejor el consumo actual de los argentinos.
Sin embargo, la Casa Rosada detuvo la difusión al entender que el resultado pondría en evidencia que la inflación aún es elevada —a pesar de la insistencia oficial en que está bajo control y en franco descenso.
Este tipo de maniobra recuerda tiempos en los que la manipulación o la ocultación de datos estadísticos servían más a preservar narrativas que a informar la realidad económica del país.
Un pasaje más en un ciclo peligroso
La trayectoria del Indec en Argentina está marcada por debates sobre credibilidad y autonomía técnica de las estadísticas oficiales. Si bien en los últimos años el organismo había recuperado parte de su reputación, esta disputa con el poder político abre una nueva grieta en la institución.
La decisión de postergar indefinidamente la actualización del método de medición del IPC —hasta que la inflación sea “cero”, según palabras del jefe de Gabinete— parece más una estrategia discursiva que una decisión técnica.
La inflación, entre el relato y la realidad
Si bien el Gobierno intenta mostrar cifras favorables y enfatizar que la inflación está en descenso, la realidad económica cotidiana de millones de argentinos sigue marcada por la pérdida de poder adquisitivo y el aumento constante de precios esenciales. La disputa sobre cómo medir la inflación no es un juego estadístico: tiene consecuencias directas en políticas públicas, en ajustes de salarios, jubilaciones y contratos, y en la confianza de mercados y ciudadanos en las instituciones.
Retener o retrasar la publicación de cifras porque “no convienen” no hace otra cosa que socavar la confianza en la medición oficial y alimentar sospechas de que, más allá del discurso de transparencia, los números se manejan con un sesgo político. Este tipo de prácticas aleja aún más a la sociedad de la confianza en datos que deberían ser objetivos y técnicamente sólidos.
Conclusión: ¿Datos o discurso?
La renuncia de Lavagna no puede verse como un simple movimiento burocrático. Es un síntoma del conflicto entre la técnica estadística y los intereses políticos de un gobierno que parece más preocupado por la estética de sus indicadores que por la honestidad de sus cifras. En un país con historia de malas prácticas estadísticas, el episodio del INDEC bajo el gobierno de Milei agrega una página más a la discusión sobre la independencia de las instituciones técnicas en Argentina.

